¿Te ha llegado mis besos?
Cuando te los mandé debí decirle a la señora de correos que fuera urgente.
Y frágil también.
Una remitente.
Escrito por María del Río.
sábado, 30 de mayo de 2015
viernes, 17 de abril de 2015
EN CALIENTE
Cuando estás en caliente tu cabeza va más
rápido que tú. Tu lengua y tus cuerdas
vocales se despojan de todo lo políticamente correcto y arrasan sin ningún tipo
de pudor. En ese momento no piensas y
lanzas todo al vacío.
Rabia. Ira. Así lo llaman. Yo prefiero
llamarlo desahogo.
Luego te arrepientes pero reconozcámoslo, ese
momento te sientes libre de todo envoltorio y por un momento (fugaz) eres
totalmente primitivo.
Te enseñan a que debes aprender a relajarte,
respirar 5 veces y callarte todo lo que se te pase por la cabeza pero no
siempre quieres tomar esa opción.
Hoy es un día de esos. Un día en el que no
pones comas ni puntos en todo lo que piensas y menos aún puntos suspensivos.
Hoy es uno de esos días en el que digo:
Hoy soy yo la que te mira por encima del
hombro/Hoy soy yo la que soy pedante/Hoy soy yo la que no te reconoce tu
trabajo/Hoy soy yo la que te utiliza y te folla sin cariño/Hoy soy yo la que
fulmina a todo lo corrupto/Hoy soy yo la que te la hace la entrevista/Hoy soy
yo la que toma el pelo/Hoy soy yo la que te calla y recalla/Hoy soy yo que se
ríe en tu cara/Hoy soy yo la que no te pago/Hoy soy yo la que anda por delante/
Hoy soy yo la que no te doy oportunidades/ Hoy soy yo la que boicoteo tus
sueños/ Hoy soy yo la que te desayuna-come-merienda-cena con patatas
Hoy y sólo en este momento en caliente tan
corto me desahogo.
Como en las tormentas tropicales.
Escrito por María del Río.
domingo, 22 de marzo de 2015
EL DIAGNÓSTICO
Desde ese
instante entendió todo. Un instante
sin tacto. Le tocó sin ganas y le
vino a la memoria la primera noche que
pasó con él. Una noche lejana pero no
borrosa. Una noche que parecía poco
importante pero que después se alargó durante 5 años. Y es que nunca sabes lo
que los instantes pueden provocar. En
este caso provocó un huracán de emociones que hoy y seguramente mañana ya no provoquen ni brisa. Le dejó de querer.
Escrito por María del Río.
domingo, 8 de febrero de 2015
La Tostadora
Escrito por María del Río.
martes, 6 de enero de 2015
ENTRADAS Y SALIDAS
Siempre he pensado que son muchas las imágenes y sonidos que hacen que un recuerdo sea completo y transparente. A día de hoy soy
una afortunada. Tengo una memoria impecable para recordar momentos buenos y malos también. Pero para
esos últimos tengo una estrategia para ser muy selectiva e ir desplazándolos
poco a poco de mi cabeza y así poder acomodar a los buenos de la mejor manera. A
los recuerdos buenos les doy la mejor habitación con vistas al mar que tengo en
mi cerebro y nunca les falta energía. Los alimento bien y los cuido escuchándoles
para que no se me revolucionen y me jueguen una mala pasada. No es fácil, pero
si les mimas como es debido, te acaban queriendo de tal manera que cada vez que
recurres a ellos, no te fallan y te hacen pasar un momento placentero. Tú y tu
recuerdo durante un momento. Menuda
maravilla.
Hoy mi cabeza ha recordado algo de hace muchos años pero es
como si hubiera sucedido hace apenas unos minutos. El por qué ha venido ese
recuerdo no lo sé. O sí. Quizás se deba a la añoranza. Quizás.
Recuerdo perfectamente que cuando estaba en casa y esperaba
a mi familia para comer, las llegadas a casa de cada uno eran diferentes y yo
sabía con un solo sonido de la llave en la cerradura, quién era.
La entrada de mi abuelo era muy significativa. Siempre daba
la vuelta a la llave en el lado contrario y cuando conseguía entrar decía: “A
la próxima te gano señorita cerradura”. Nunca le ganó pero él se reía de ello.
Dejaba su abrigo con delicadeza en el recibidor y bajaba las escaleras con el
sonido de las llaves y del periódico que ya estaba abriendo en el primer
escalón. Toda la escalera se enamoraba de su olor. No utilizaba perfume pero sí
una crema que encandilaba a todos los que le rodeaban. Es lo que tiene ser
dermatólogo. Y cuando llegaba al salón su sonrisa era perfecta. No hubo día que
no apareciera con ella. Tan sólo una vez su sonrisa se ausentó. Y eso me alertó
de algo. Cuatro días después de aquella entrada a casa, lenta, confusa, sin
periódico y sin sonrisa, murió. Pero la sonrisa de toda una vida le ganó por
goleada a ese semblante melancólico que
apenas duró muy poco. Y se le echa de menos. Mucho. Pero me quedo con sus
entradas a casa que se impregnaban de toda la sabiduría de un hombre hecho y
derecho.
Cambiando de persona y no menos importante, os hablaré de la
manera de entrar a casa de mi padre. Desde pequeña sabía cuando llegaba él. Mi
padre. Es inexplicable lo que me producía su sonido de meter la llave en la
cerradura y cerrar la puerta sigilosamente. Sí. Es inexplicable. Pero lo que si
sé es que yo corría hacia las escaleras en busca de él. Bueno y en busca de los
“sugus” azules sabor a piña que me traía en un cucurucho cuando estaba enferma
(y cuando hacía ver que lo estaba). Bajaba las escaleras y siempre me decía:
“Hola Princesa”. Su voz grave se compensaba con la mía que era y sigue siendo
muy aguda. ¡Y qué manera de bajar las escaleras! Imposible tener más clase.
Cada llegada de él a casa escondía misterio. Pero del bueno. Y es que siempre
estaba impaciente porque me contara cosas. Con mi padre tenía un apartado
especial en mi cerebro para guardarme todo lo que me enseñaba. Un día me podía
hablar de los números primos con sabor a literatura como otro día me hablaba de
casos judiciales y el día menos pensado me hablaba de la magia de la física.
Así era él y lo sigue siendo. Un hombre que enseña contantemente sin que se dé
cuenta. ¡Menudo don el suyo!
Y llega el turno de mi querido hermano. Sus entradas
siempre eran rápidas. Como si la llave no consiguiera adentrarse al final de la
cerradura. No sé cómo lo hacía pero era un sonido que crujía a la mitad. Y ahí
estaba él. Desde el recibidor se le escuchaba decir : “ ¡Huuuuola!”. Sin duda
alguna era una entrada con garra y repleta de matices. Según bajaba las escaleras, yo sonreía.
Me veía y acto seguido me cogía el moflete de manera cariñosa. Os he de decir
que siente predilección por mis mofletes. Siempre decía que eran esponjosos y
moldeables. Así que ya veis. Mis mofletes eran una especie de objeto anti stress a la vez que denotaban
todo el cariño que me tenía. Me gustaba verle entrar y sentarme con él y no
parar de decirnos chorradas. Las carcajadas siempre estaban aseguradas. Hasta
el punto de llorar pero de risa. Privilegiada soy de que a día de hoy sigamos
igual, aunque ahora las carcajadas sean por conversaciones de whatsapp.
¡Benditas ellas y bendito el placer de tener a un hermano como él!.
Y por último me queda la entrada más cómica de la casa. La
de mi madre. Siempre he dicho que hubiera sido una gran actriz cómica. Bueno
yo, toda mi familia y los amigos que la rodean. Y lo mejor de todo. Hubiera
sido una gran cómica y sin darse cuenta. Para no desperdiciar ese gran talento, me permití robárselo y estudié Arte Dramático. Y oye, no se me da nada mal la
comicidad. Por lo menos en la vida. La entrada de mi
madre despertaba una risa contagiosa a la llave y no os cuento a la cerradura.
Una vez entraba dejaba un rato la puerta abierta. Suspiraba y empezaba a hablar
sola con su expresividad innata. Y siempre me llamaba con un “¡María! ¡Anda,
que cuando te cuente lo que me ha pasado!”. Y mientras articulaba esas palabras,
ya se estaba riendo y tenía tal fuerza y gracia que me contagiaba
su risa al instante. Siempre le pasaba algo. Y gracioso encima. Aún sigue siendo así. Es la
alegría de la casa. Incluso cuando tuvo una dura enfermedad. ¡Menudo espíritu
jovial tenía la tía! Una mujer de bandera (guapa a rabiar) que anima,
comprende, apoya desinteresadamente y hace reir a cualquiera. No me extraña que
todos mis amigos del colegio quisieran venir a mi casa siempre. Me decían que
mi madre sabía entender a los jóvenes y su risa era contagiosa. Así que puedo
decir que con ella no me permito caer y si lo hago, procuro hacerlo con gracia.
¡Que para algo me enseñó tanto!
Y bueno, os podría contar mi entrada a casa pero creo que lo
mejor sería que os lo contará mi familia. Tan sólo os diré que cuando entro a
mi casa, toda mi familia dice lo mismo. “¡Ya llegó la revolución!”. Y
acto seguido se ríen. Sin duda alguna sé que se nota mi presencia (para bien) y
mi ausencia a veces les pesa. Soy un nervio pero pizpireta. O eso dicen ellos.
Placenteras son las entradas a mi casa y que duras son las
salidas. Sobre todo las de no retorno.
De las cuatro entradas a casa que os he contado me quedan tres de ellas. Y espero que por mucho tiempo más.
De las cuatro entradas a casa que os he contado me quedan tres de ellas. Y espero que por mucho tiempo más.
¡Larga vida a esos tres juegos de llaves y una misma
cerradura!.
Escrito por María del Río.
martes, 4 de noviembre de 2014
El Arte de Volar
Volar: Ir o moverse por el aire sosteniéndose con las alas.
Esta acción siempre ha estado muy presente en mi familia, sobre todo en mi padre. No conozco a nadie con tanta obsesión por querer volar. Y es que está claro que a todos los humanos nos encantaría poder hacerlo pero la naturaleza no quiso que tuviéramos todos los dones. Aún así creo que sí se puede. Recuerdo que cuando vivía con mis padres, sucedía muy a menudo que a la hora del desayuno mi padre nos contara que había volado. En sueños pero volaba. Lo explicaba de tal manera que conseguía hacernos creer que era real. Durante todo ese tiempo recorrió toda Barcelona volando y su sensación siempre era la misma: Placer y libertad absoluta. No me extraña. A raíz de todo esto mi hermano y yo pensamos que el mejor regalo que le podíamos hacer era que practicara, al menos por una vez, paracaidismo pero no pudo ser. Está operado dos veces del corazón y no queríamos un susto. El verbo "volar" lo utilizaba constantemente. Todavía recuerdo que cuando mi hermano y yo éramos más jóvenes, siempre nos animaba a "volar". En ese caso quería decir que para vivir de verdad hay que viajar y contagiarse de otros saberes y culturas. Otro caso en el que el "volar" salía de la boca de mi padre es cuando me sentía impotente a la hora de crear y siempre me decía: María, haz volar tu imaginación y verás como la creatividad vuelve".
El otro día me pasó algo ansiado desde hace más de diez años. Soñé que volaba. Y lo mejor de todo: Volaba con mi padre. Indescriptible la sensación que tuve y muy descriptible nuestra cara. Cara de felicidad.
En cuanto me levanté llamé corriendo a mi padre y le conté lo sucedido. Obtuve alegría en su voz pero también nostalgia. Y es que desde hace unos años ese poder "volador" que había tenido durante años ahora está ausente en sus noches. Me dijo: "Ya ves hija, la edad no perdona ni para poder volar".
Ya mencionó el gran poeta Oliverio Girondo la importancia de volar cuando hablaba de las mujeres diciendo: "Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que ganaría el premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!".
Y es que creo que el que no sabe volar, no sabe lo que se pierde. Y eso no es una certeza, es una duda, en cuyo caso habrá que despejar la incógnita. A volar pues.
Escrito por María del Río.
Esta acción siempre ha estado muy presente en mi familia, sobre todo en mi padre. No conozco a nadie con tanta obsesión por querer volar. Y es que está claro que a todos los humanos nos encantaría poder hacerlo pero la naturaleza no quiso que tuviéramos todos los dones. Aún así creo que sí se puede. Recuerdo que cuando vivía con mis padres, sucedía muy a menudo que a la hora del desayuno mi padre nos contara que había volado. En sueños pero volaba. Lo explicaba de tal manera que conseguía hacernos creer que era real. Durante todo ese tiempo recorrió toda Barcelona volando y su sensación siempre era la misma: Placer y libertad absoluta. No me extraña. A raíz de todo esto mi hermano y yo pensamos que el mejor regalo que le podíamos hacer era que practicara, al menos por una vez, paracaidismo pero no pudo ser. Está operado dos veces del corazón y no queríamos un susto. El verbo "volar" lo utilizaba constantemente. Todavía recuerdo que cuando mi hermano y yo éramos más jóvenes, siempre nos animaba a "volar". En ese caso quería decir que para vivir de verdad hay que viajar y contagiarse de otros saberes y culturas. Otro caso en el que el "volar" salía de la boca de mi padre es cuando me sentía impotente a la hora de crear y siempre me decía: María, haz volar tu imaginación y verás como la creatividad vuelve".
El otro día me pasó algo ansiado desde hace más de diez años. Soñé que volaba. Y lo mejor de todo: Volaba con mi padre. Indescriptible la sensación que tuve y muy descriptible nuestra cara. Cara de felicidad.
En cuanto me levanté llamé corriendo a mi padre y le conté lo sucedido. Obtuve alegría en su voz pero también nostalgia. Y es que desde hace unos años ese poder "volador" que había tenido durante años ahora está ausente en sus noches. Me dijo: "Ya ves hija, la edad no perdona ni para poder volar".
Ya mencionó el gran poeta Oliverio Girondo la importancia de volar cuando hablaba de las mujeres diciendo: "Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que ganaría el premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!".
Y es que creo que el que no sabe volar, no sabe lo que se pierde. Y eso no es una certeza, es una duda, en cuyo caso habrá que despejar la incógnita. A volar pues.
Escrito por María del Río.
miércoles, 29 de octubre de 2014
A tiro hecho.
Caminaré con tacones en esa calle tan frecuentada. Mis ojos estarán
maquillados con mucha raya negra y el pelo rubio bailará suelto y un
tanto alborotado. Seguiré caminando excitada sin fijarme que hay mucha
gente a mi alrededor. Respiraré. No me importará que suspiren por mi
andar contoneándome porque por fin te veré. A lo lejos. Pero te veré. Y
ya no caminaré sino correré. Y después saltaré para rodear mis largas
piernas en tu cintura. Y todo lo demás te lo diré al oído para que nadie
de esa calle se entere. Sí. Eso haré.
Escrito por María del Río.
Escrito por María del Río.
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| Foto de Karlos Sanz |
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