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martes, 18 de abril de 2017

Políticamente Correctos

El otro día volví a preguntarme algo.
¿Vale la pena ser politicamente correctos?
Mi respuesta os la daré al final después de contaros varias situaciones.
Estaba en un local y me quedé sorprendida de la reacción de dos chicas al ver bailar a otra.
Decían "quiere llamar la atención", "Está haciendo el ridículo ", "Como no es mona tiene que hacer algo para que la miren" entre risas y miradas invasivas.
La chica que bailaba no se dio cuenta de todo esto. Y creo firmemente que si se hubiera percatado de esta embarazosa situación, habría seguido bailando sin más. La verdad es que yo sentía envidia por esta chica. Se la veía disfrutar sin que lo demás le importara. Y bailaba y bailaba sin parar.
Mirando a esta chica y a las otras dos me pregunté eso.
¿Acaso bailar como uno quiere es ser politicamente incorrecto? Parece ser que sí. Y lo políticamente correcto es criticar al prójimo sin darse cuenta uno mismo que lo que tiene no es vergüenza de esa persona, sino de uno mismo por vivir encorsetado hasta para salir por la noche. ¿Cuántas veces al día somos excesivamente "correctos"? Infinidad de veces. Pero a mi parecer, creo que estamos equivocados. Nos han inculcado que lo correcto es la opción de vida más acertada sin darnos cuenta que por poner un ejemplo, que tu jefe te mire por encima del hombro y te hable mal y tú lo consientas, ¿es ser politicamente correcto?.
Parece ser que si.
A mi me gustaría ir por la calle y poder expresarme tal y como soy. Ver algo que me gusta y decirlo (a veces lo hago) pero parece ser que eso está mal visto y te tachan de loco.
Eso sí, está bien y es correcto que se cometan incorreciones atroces cada día y se pasen por alto.
Pues mirad, prefiero estar en ese mundo de "locos" que no en el estandarizado que personalmente creo que está en el grado máximo de locura. 

Escrito por María del Río.
 

CASA

Siempre que voy a ver a mi familia pienso en la manera que tengo de comportarme.
Cuando eres adolescente la casa de tus padres es tu casa pero a la que te independizas dices "voy a casa de mis padres", a pesar de que ellos te hacen saber que también es tu casa.
Cuando voy parece como si determinados actos que hacía cuando vivía ahí, volvieran a resurgir.
Llamádlo manías o costumbres.
Una de ellas es como dice mi madre, poner mi "santuario" en la cocina. Mi vasito, mi jalea real y mis infusiones varias. 
Otra es sacar una cestita del cajón de mi habitación y poner mis pendientes y cosas varias.
Las casas de los padres cambian una vez te vas. 

Mi habitación en apariencia ya no es la misma pero dentro de los cajones y armarios siguen estando mis cosas. 
Agendas del 2002, cartas, camisetas cortadas por mi, libros jurídicos y un sinfín de artilugios que no sé a día de hoy, qué utilidad tienen. 
Mis padres no tocan nada. Y el motivo, además de respeto por mis cosas, creo que se debe a no querer que esos momentos de mi infancia y adolescencia se difuminen. 
Y qué bien que sea así.
Así que cuando voy a verles me hacen sentir que estoy otra vez en mi casa y no en la de ellos.
Ah! Se me había olvidado algo, las pequeñas discusiones también salen a relucir a veces. 

Pero familias perfectas no hay y yo soy muy fan de las imperfecciones.
¿Os pasa también a vosotros? 

Escrito por María del Río.

Las Redes

En la era de las redes sociales el estar triste no cabe.
Todos proyectamos lo felices que estamos y tenemos pudor a decir "Estoy Triste".
Es lógico claro. Tú expones lo que quieras de tu vida.
Pero siempre he pensado que hay mucha reticencia a permitirse estar triste.
Nos explotan con que seamos optimistas por encima de todo sin parar a pensar que la tristeza forma parte de nosotros y no deberíamos boicotearla en ocasiones.
Unas lágrimas muchas veces son necesarias y decir "Estoy triste" en algún momento también, al igual que una carcajada y un "Estoy alegre" .
Compensemos estares de ánimos y seremos más felices.
Por cierto, hoy he llorado y me he quedado como nueva.

Escrito por María del Río.
 

Make Up

Cuando era pequeña me encantaba ese momento en el que mi madre se maquillaba. Me relajaba mirarla. Nunca se maquillaba en exceso. La verdad es que no le hacía falta. Siempre se reía conmigo porque decía que no sabía maquillarse. Y encima a mi padre le gustaba con la cara lavada. Debe ser de familia porque yo odio ese momento de chapa y pintura. Ya no sé si lo hago para verme yo bien o porque la sociedad te impone estar "bello" siempre. Nunca he sabido realzar los rasgos "bonitos" de mi cara y me encantaría que me los enseñaran pero la verdad es que estoy más entusiasmada en encontrar los rasgos internos que pueda mejorar.
Por cierto, soy fan absoluta de las ojeras.
Escrito por María del Río.

Quiero

Quiero café con hielo.
Quiero granizado de limón en vena.
Quiero agua salada en mi piel todo el rato.
Quiero luz hasta las 22 de la noche.
Quiero gazpacho.
Quiero no llevar capas y más capas.
Quiero dormir con la ventana abierta.
Quiero fiestas con globos.
En definitiva quiero Verano.

Escrito por María del Río.

El Tamaño Sí Importa

El tamaño sí importa.
Por lo menos para mí.
Me interesan las personas que arriesgan por ti, que creen en ti, que se desviven por ti, que te enseñan, que te dan un toque de atención cuando es necesario, que te guían, que te piensan, que te emocionan, que no te dan la espalda cuando estás mal, que no hablan de boquilla, que no están sólo en el "jijijaja", que te quieren con locura, que no te juzgan, que te apoyan y que te espabilan.
Sí queridos, el tamaño en una Amistad sí que importa.
Escrito por María del Río.

La Generación Perdida

La llamada "Generación Perdida" hemos sido los que en nuestra adolescencia nos insistían en ser el número 1 constantemente. El número 2 no valía.
Afortunadamente en mi casa no tuve ese tipo de presión. Bastante tenía con la externa. Debías prepararte bien en todo. Idiomas. Muchos idiomas. Carrera Universitaria. Másters. Y más másters. Todo para llegar a ser ese maldito número. El 1.
Impotencia de pertenecer a ese grupo de jóvenes inocentes que teníamos que aspirar a ser algo. Un número exactamente.
No lo llevé bien la verdad.
No porque no pudiera.
Cumplí todo lo que se requería para serlo. Carrera universitaria, idiomas, máster, cursos y una gran fuerza de voluntad y perfeccionismo extremo.
Pero el otro día tomando algo en un bar con amigos, me presentaron a una chica que me preguntó: Tú que eres? Productora, actriz, cantante? Y con una sonrisa le dije: Que va! Soy María. Te vale? Su respuesta fue un silencio y miedo a articular palabra. No han debido responderle nunca así pensé.
Pero es que estamos obligados a tener una etiqueta o en el momento actual, un número de seguidores, para que supuestamente seamos "aceptados", y eso me entristece claro.
Descubramos más la esencia de la persona y no sólo el envoltorio.
Nos perdemos mucha gente talentosa por este motivo.
Ahora por no tener un número elevado de seguidores.
Antes por no ser el número más bajo: el 1.
Paradojas de la vida.

Escrito por María del Río.