visitas

martes, 18 de abril de 2017

Make Up

Cuando era pequeña me encantaba ese momento en el que mi madre se maquillaba. Me relajaba mirarla. Nunca se maquillaba en exceso. La verdad es que no le hacía falta. Siempre se reía conmigo porque decía que no sabía maquillarse. Y encima a mi padre le gustaba con la cara lavada. Debe ser de familia porque yo odio ese momento de chapa y pintura. Ya no sé si lo hago para verme yo bien o porque la sociedad te impone estar "bello" siempre. Nunca he sabido realzar los rasgos "bonitos" de mi cara y me encantaría que me los enseñaran pero la verdad es que estoy más entusiasmada en encontrar los rasgos internos que pueda mejorar.
Por cierto, soy fan absoluta de las ojeras.
Escrito por María del Río.

Quiero

Quiero café con hielo.
Quiero granizado de limón en vena.
Quiero agua salada en mi piel todo el rato.
Quiero luz hasta las 22 de la noche.
Quiero gazpacho.
Quiero no llevar capas y más capas.
Quiero dormir con la ventana abierta.
Quiero fiestas con globos.
En definitiva quiero Verano.

Escrito por María del Río.

El Tamaño Sí Importa

El tamaño sí importa.
Por lo menos para mí.
Me interesan las personas que arriesgan por ti, que creen en ti, que se desviven por ti, que te enseñan, que te dan un toque de atención cuando es necesario, que te guían, que te piensan, que te emocionan, que no te dan la espalda cuando estás mal, que no hablan de boquilla, que no están sólo en el "jijijaja", que te quieren con locura, que no te juzgan, que te apoyan y que te espabilan.
Sí queridos, el tamaño en una Amistad sí que importa.
Escrito por María del Río.

La Generación Perdida

La llamada "Generación Perdida" hemos sido los que en nuestra adolescencia nos insistían en ser el número 1 constantemente. El número 2 no valía.
Afortunadamente en mi casa no tuve ese tipo de presión. Bastante tenía con la externa. Debías prepararte bien en todo. Idiomas. Muchos idiomas. Carrera Universitaria. Másters. Y más másters. Todo para llegar a ser ese maldito número. El 1.
Impotencia de pertenecer a ese grupo de jóvenes inocentes que teníamos que aspirar a ser algo. Un número exactamente.
No lo llevé bien la verdad.
No porque no pudiera.
Cumplí todo lo que se requería para serlo. Carrera universitaria, idiomas, máster, cursos y una gran fuerza de voluntad y perfeccionismo extremo.
Pero el otro día tomando algo en un bar con amigos, me presentaron a una chica que me preguntó: Tú que eres? Productora, actriz, cantante? Y con una sonrisa le dije: Que va! Soy María. Te vale? Su respuesta fue un silencio y miedo a articular palabra. No han debido responderle nunca así pensé.
Pero es que estamos obligados a tener una etiqueta o en el momento actual, un número de seguidores, para que supuestamente seamos "aceptados", y eso me entristece claro.
Descubramos más la esencia de la persona y no sólo el envoltorio.
Nos perdemos mucha gente talentosa por este motivo.
Ahora por no tener un número elevado de seguidores.
Antes por no ser el número más bajo: el 1.
Paradojas de la vida.

Escrito por María del Río.

ÉL

Nació y se quedó huérfano de madre cuando apenas tenía 6 meses. A los 15 años se fue a la Legión porque quedarse en el pueblo le reportaría una pobreza extrema. Se fue y batalló unas cuantas guerras. Poquito a poco fue subiendo y consiguió todo lo que se propuso.
Pero su sueño era ser médico y poco después de casarse se puso a estudiar y lo logró.
Estudiaba mientras cuidaba a mi madre de sus mil travesuras.
Qué suerte tuve de tenerle.
Y cuánto le echo de menos pasados ya más de 12 años.
Y es que él era un hombre que enamoraba a todo lo que tenía a su alrededor.
Yo lo estaba.
Me cuidaba como nadie, me compraba unas victoria verde cuando llovía y mis zapatos se me calaban cuando paseábamos, nos íbamos de viaje mano a mano y a él se le veía igual de feliz como si estuviera con mi abuela.
Él era el que me llevaba a comer croquetas dónde me gustaba e ir a ver el mar cuando estaba muy nerviosa.
Él era el que me apoyó desde el primer momento a descubrir mis sueños y cuando le cocinaba huevos fritos con pimientos me adoraba aún más.
Hablábamos cada noche cuando me fui a vivir a Madrid.
Cada noche.
Y una noche, sin avisar, su vitalidad arrolladora durante más de 80 años se apagó. Y supe que algo iba a suceder en breve. Así fue. Al cabo de dos semanas se me fue.
Durante los seis meses posteriores seguí llamando a su número de teléfono sin encontrar respuesta y a día de hoy me cuesta pasar por la calle Aragón de Barcelona.
Y es que cuando una persona te ha atrapado con locura y de la manera más gratificante, desprenderse de eso no fácil.
Dicen que el tiempo lo cura todo.
Dicen eso.
Pero soy más partidaria a decir que el tiempo me reaviva cada vez más momentos junto a él.
Con mi querido Abuelo.
A los que todavía tengáis el privilegio de tener alguno, cuidadlo mucho.
Son el mejor tesoro.
Hoy va por tí Abuelo.
Me acuerdo de ti y te lo digo.

Escrito por María del Río.

La Cama

La cama.
Ese lugar donde intercambias conversaciones y alguna que otra discusión con la almohada.
Ese lugar donde si tú quieres no sólo vale el misionero.
Ese lugar dónde te adentras en la vida de otros a través de los libros.
Ese lugar donde aprovechas para decir algo tan valioso y de manera sigilosa como "te quiero" cuando el otro se ha dormido. No vaya a ser que la otra persona no te corresponda y te quite el sueño.
Ese lugar donde juegas a guerra de almohadas con tu hermano, amigo o pareja.
Ese lugar donde ha hay sexo con amor y sin él.
Ese lugar donde has tenido los mejores sueños con la posterior decepción de que ha sido eso. Un sueño.
Ese lugar dónde tu mente hace la lista de la compra y todo lo que tiene que hacer al día siguiente.
Ese lugar donde a veces afloran las mejores ideas minutos antes de dormirte y te has de levantar a apuntarlas por si al día siguiente ya no te acuerdas.
Ese lugar donde surgen miedos con sombras varias de la pared.
Ese lugar donde puedes llegar a ser otras personas.
La cama.
Ese lugar donde se nace, se sueña, se ama y se muere.

El Medicamento

Ojalá hubiera un medicamento no invasivo que se llamara "antiechardemenosactil".
Yo que hasta para tomarme un paracetamol me lo pienso, creo que éste me lo tomaría.
Siempre he sido muy partidaria de que cada momento pasa por algo y he respetado mis momentos anímicos.
Pero claro a veces ese momento se alarga demasiado.
Echar de menos a un ser querido que ya no está es inevitable y seguramente perdurará toda la vida.
Pero no sé si a vosotros os ha pasado esto alguna vez. Echarse de menos.
Sí, el año pasado me eché de menos. Me buscaba y no me encontraba y no veáis que faena e impotencia. Bendito mi padre que siempre está ahí para recordarme cómo soy y que todo son momentos que luego vuelven a su cauce.
Afortunadamente volví a mi ser. Y ya no me echo de menos ni de más.
Si hubiera habido esa medicina hubiera sido todo más fácil pero creo que al final no me la hubiera tomado.
Me gusta más el proceso natural aunque sea duro.
Por cierto ahora mismo echo de menos algo.
Fumar.
Pero como siempre, encontraré la manera para lidiar ese estado anímico.

Escrito por María del Río.